Creo que estoy demasiado cansada en este momento. Y, aparte de tener las ojeras más grandes de mi historia personal, la verdad es que no se si me estoy cansando por algún motivo bueno de verdad. Hablo de cansancio físico esta vez, mental si quieres, pero no de cansancio espiritual. Cosa que, por otra parte, está muy bien, así vamos variando.
Estoy pensando que si al final todo esto sale bien me voy a subir a ese avión, voy a volar 14 horas, voy a recuperarme del jet lag, voy a buscar esa universidad y les voy a vomitar en medio de la facultad de comunicación. Pero así, en sus narices. Mira, que he pensado que te VOMITO. Ahora, puedes mandarme de vuelta a mi casa, todo esto lo he hecho para poder ver tu cara mientras te VOMITO.
Y anchas castilla.
Si dejamos de lado mis problemas de índole burocrática/nuevas tecnologías lo más que puedo decir es nada. Los 22 años me sentaron como le va a sentar a mi ordenador que le formateen si no encuentr los dichosos drivers. O como a mi MP3 ahora que le he limpiado el disco duro de manera forzosa después de que el ordenador de la facultad me lo haya intentado destruir. O como le sienta a mi despensa unos cuantos días de fiesta con el Mercadona cerrado. O como me voy a sentir yo cuando vomite al otro lado del atlántico (si alguna vez llego). Es decir, vaciada.
Pero no vaciada en el sentido de vacuidad. No en el sentido de estar vacía. No. Vamos, que me han quitado los virus y me han formateado. Entre mi cumpleaños de verdad y mi segundo cumpleaños me pasó una cosa muy curiosa. Todo lo que había estado intentando durante tanto tiempo pasó de repente sin que me diese cuenta. Ya estaba. Era como si los 22 me diesen licencia para poder dejar de vomitar sobre determinadas cosas. Ya no vomito a personas, ni a mí… solo a determinados paises. Que me estoy volviendo buena de repente. Más o menos.
Los 21 fueron muy emocionantes. Aunque no solo eso. Y si ahora leo el post que escribí hace más de un año, el dia de mi cumpleaños, en la sala de informática de aquella ciudad francesa, constato lo duros que fueron. Que han sido. Muy intensos y necesarios, y muy confusos también. Comparando las dos fechas, la de ahora y la de hace un año, creo que la situación dice bastante de lo que me espera. Donde estoy ahora no tiene nada que ver con donde estaba antes, y no solo por razones geográficas. De hecho, la geografía no tiene nada que ver. Y la serenidad que ahora tengo me la he ganado a pulso, así que espero que no se diluya cuando pote dentro de unos meses. Y repito, si llego a potar algún día. Y cuando hablo de cosas soeces como vómitos en realidad me refiero a todo un entramado de planes de futuro que no dependen de mí, por el momento.
Los acontecimientos intentan amenazar mi casi recién adquirida tranquilidad. Y es que claro, un día estás aquí y otro puedes estar allí. Un día haces planes y al otro los deshaces. O un día, pensando que ya estás allí te dicen que vuelves a estar aquí. Yo por ahora sigo aquí… hasta que se demuestre lo contrario. Por eso me parece extraño cansarme por estar intentar estar en un sitio que no es este.
Creo que me voy a ir a dormir.